El prado aparece ante nuestros ojos decorado con toda la gama de los verdes: desde el verde pistacho, hasta el verde oliva. En el horizonte se divisan las altas montañas cubiertas con un frondoso manto de vegetación. Un cielo azul, despejado de nubes, corona las montañas.
Al pie de la montaña, se levantan, diseminadas, las casas y caseríos que forman el pequeño pueblo, todas de piedra y con tejados de dos aguas de color chocolate. Parece que se escondieran entre la abundante vegetación.
En la llanura, cubierta por una alfombra de hierba, pastan siete ovejas, blancas como la nieve y mullidas como nubes de algodón. Rondan alrededor de tres árboles grandes como gigantes, cuya sombra les cobija en las calurosas tardes veraniegas.
El paisaje es tan apacible, que transmite serenidad, y nos permite relajarnos con su contemplación.
Daniel Lera Martínez.6ºA
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